¿Por qué el embarazo adolescente no es un “error”?

El embarazo adolescente está relacionado con pobreza, desigualdad, violencia y barreras para acceder a educación y anticonceptivos.

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Mié, Sep 23 2026

Hablar de embarazo adolescente suele llevar rápidamente a preguntas sobre las decisiones de las propias adolescentes. Sin embargo, mirar únicamente esa dimensión individual deja fuera las condiciones que determinan cuánto pueden decidir realmente sobre su salud y su proyecto de vida. En el Perú, las cifras muestran que se trata también de un problema de salud pública, derechos y desigualdad. 

En 2024, los nacimientos en madres de 10 a 19 años representaron el 12,1 % del total de nacimientos registrados en el país, de acuerdo con datos difundidos por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Fueron 47,265 nacimientos. El registro del INEI permite, además, observar la magnitud del problema entre las niñas más pequeñas: en 2024 se registraron 2067 nacidos vivos de madres de 10 a 14 años. 

La situación también tiene una dimensión sanitaria. Según el UNFPA, el 14,3 % de las muertes maternas corresponde a niñas y adolescentes de 19 años o menos, una proporción superior a la registrada en 2019 (10,9 %) y 2023 (13,6 %). Para 2024, estimaciones preliminares, citadas por el organismo, situaron la mortalidad materna en este grupo en 74 muertes por cada 100,000 nacidos vivos, frente a un promedio nacional estimado de 51 por 100,000 en 2023. 

«Comprender el embarazo adolescente exige cambiar la pregunta», señala el doctor Renato Errea, jefe del programa Salud Materno Infantil y Adolescente (SAMIA) de Socios En Salud. «En lugar de preguntarse solo por qué una adolescente quedó embarazada, es necesario observar qué condiciones rodeaban su posibilidad de prevenir un embarazo, acceder a información confiable, recibir atención de salud y tomar decisiones libres de violencia o coerción». 

La evidencia internacional de la Organización Mundial de la Salud (OMS) vincula el embarazo adolescente con factores como la pobreza, la menor permanencia educativa, las dificultades para acceder a anticonceptivos y la violencia sexual.

El embarazo adolescente también habla de desigualdad 

El embarazo en la adolescencia no ocurre en un vacío social. Las posibilidades de prevenirlo están relacionadas con el lugar donde una adolescente vive, sus oportunidades educativas, los recursos disponibles en su hogar y comunidad y la posibilidad real de acceder a servicios de salud sexual y reproductiva. La OMS señala que los embarazos adolescentes son más frecuentes entre quienes tienen menor nivel educativo o pertenecen a hogares con menores recursos económicos. 

Algunos de los determinantes que ayudan a comprender esta realidad son: 

  • Pobreza y oportunidades limitadas. Las condiciones económicas pueden reducir el acceso a educación, servicios de salud y oportunidades futuras. La OMS advierte que las adolescentes de contextos económicos desfavorecidos presentan mayores riesgos de embarazo temprano y que las desigualdades dificultan la reducción de los primeros nacimientos en estos grupos. 
  • Acceso desigual a métodos anticonceptivos. No basta con que exista un método disponible en el sistema de salud. También importan la información para utilizarlo correctamente, la posibilidad de acudir a un servicio, los recursos económicos, el estigma y las barreras que pueden encontrar las adolescentes al solicitar atención. 
  • Educación sexual e información confiable. Contar con información adecuada sobre sexualidad, anticoncepción y salud reproductiva permite tomar decisiones informadas. La OMS identifica precisamente el acceso insuficiente a información y servicios de salud sexual y reproductiva como uno de los factores que favorecen los embarazos no intencionales. 
  • Violencia y coerción sexual. En las niñas y adolescentes más jóvenes, el embarazo puede estar relacionado con situaciones de violencia sexual. Por eso, reducir el fenómeno a una supuesta falta de responsabilidad individual puede invisibilizar relaciones de poder y vulneraciones de derechos que requieren una respuesta específica.

La dimensión de estos factores se vuelve especialmente evidente cuando se observa la edad de las madres. En 2024, de los 2067 nacidos vivos registrados de madres de 10 a 14 años, 1604 correspondieron a niñas que tenían 14 años al momento del parto; 388, a niñas de 13 años; 63, de 12 años; y 12, de 11 años. 

«Estos datos no permiten explicar por sí solos las circunstancias de cada embarazo, pero sí muestran por qué la respuesta no puede limitarse a pedirles a las adolescentes que “se cuiden“ », afirma Errea.

Prevenir implica ampliar las posibilidades de decidir 

Reencuadrar el embarazo adolescente como un fenómeno atravesado por determinantes sociales no significa negar la capacidad de decisión de las adolescentes. Significa reconocer que esa capacidad se ejerce dentro de condiciones concretas y que las instituciones tienen un papel en garantizar que puedan tomar decisiones informadas, seguras y libres de violencia. 

La evidencia de la OMS apunta a intervenciones que actúen sobre distintos niveles del problema. Su guía publicada en 2025 para prevenir el embarazo temprano y los resultados adversos asociados recomienda, entre otros aspectos, mejorar el acceso de las adolescentes a métodos anticonceptivos y prevenir situaciones como el matrimonio infantil y las relaciones sexuales forzadas. 

Una respuesta integral supone, por ejemplo: 

  • Servicios de salud accesibles y adecuados para adolescentes. La atención debe permitir que las y los adolescentes encuentren información y servicios de salud sexual y reproductiva sin barreras innecesarias. El acceso a anticonceptivos forma parte de las intervenciones identificadas por la OMS para prevenir embarazos tempranos. 
  • Educación que permita tomar decisiones informadas. La información sobre sexualidad, anticoncepción y prevención de la violencia debe contribuir a que adolescentes conozcan sus derechos y sepan dónde buscar ayuda y atención. 
  • Protección frente a la violencia. Cuando existe coerción o violencia sexual, hablar de una decisión individual resulta insuficiente. La prevención debe incluir mecanismos de protección, identificación temprana y acceso a servicios de salud y soporte. 
  • Oportunidades educativas y económicas. Permanecer en la escuela y ampliar las posibilidades de continuar estudios y construir un proyecto de vida son también parte de una estrategia de prevención. La OMS señala que las desigualdades educativas y económicas están estrechamente relacionadas con la incidencia del embarazo adolescente. 

«Mirar el embarazo adolescente desde esta perspectiva también permite comprender sus consecuencias más allá del embarazo mismo. La maternidad temprana puede afectar la continuidad educativa y las oportunidades económicas de las adolescentes, mientras que las desigualdades que contribuyeron al embarazo pueden mantenerse o profundizarse», indica el especialista de Socios En Salud. La OMS advierte que estos efectos pueden contribuir a ciclos de pobreza e inequidad entre generaciones. 

El desafío, entonces, no consiste en responsabilizar a una adolescente por una realidad que está determinada por múltiples factores. Consiste en crear las condiciones para que ninguna niña tenga que enfrentar un embarazo como consecuencia de la falta de información, de acceso a servicios, de oportunidades o de protección frente a la violencia. «Entender el embarazo adolescente como un asunto de derechos y determinantes sociales permite pasar de la culpa a la prevención y de la respuesta individual a una responsabilidad compartida», concluye Errea.