Caminar con alguien: las historias que desafían al VIH y al estigma

Casi la mitad de los nuevos diagnósticos de VIH en el Perú corresponde a jóvenes. El acompañamiento puede cambiar el rumbo de una vida.

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Mié, Jun 17 2026

Alexander recuerda el instante con gran precisión. Mientras una profesional de salud le explicaba que la prueba había salido positiva para VIH y sífilis, sentía que su mente se había desconectado del cuerpo. Respondía «sí», asentía con la cabeza, pero no escuchaba. Durante dos meses vivió así, hasta que regresó para hacer las preguntas que no había podido formular el día del diagnóstico. 

Isaac llevaba semanas pensando que tenía una gripe persistente. Recorrió hospitales, pasó un mes en cama y una madrugada terminó en emergencias. Estudiaba ingeniería de software y buscaba un trabajo para ayudar a su familia cuando recibió el resultado. Lo primero que sintió no fue miedo al virus, sino temor a la reacción de sus padres, quienes nunca habían aceptado del todo su orientación sexual. 

A Onexis el Perú la recibió con un embarazo inesperado. Había dejado su natal Venezuela siendo adolescente y, apenas tres meses después de llegar descubrió que sería madre. Dos años más tarde, junto a su pareja, recibió un diagnóstico de VIH. Internet multiplicaba sus dudas y el silencio hacía todo más pesado. 

Sus historias son distintas, pero confluyen en una misma realidad. En el Perú, cerca de la mitad de los nuevos casos de VIH se registra entre personas de 15 y 29 años. Y, aunque el tratamiento permite llevar una vida plena, muchos adolescentes y jóvenes siguen abandonando la atención por miedo, soledad o discriminación. Para ellos nació PASEO, un proyecto de Socios En Salud que parte de una idea sencilla: nadie debería atravesar este camino solo. 

Cuando una pastilla no es suficiente 

El artículo que la Escuela de Medicina de Harvard dedicó a PASEO comienza con una pregunta incómoda: si el tratamiento existe, ¿por qué los adolescentes siguen muriendo por causas relacionadas con el sida? 

La respuesta no está únicamente en los hospitales. Está en el aislamiento, en la ansiedad, en el estigma y en la falta de alguien que acompañe el proceso cuando el diagnóstico parece borrar cualquier proyecto de futuro. 

Alexander conoce esa sensación. Llegó desde Venezuela a los catorce años, sin amigos y con miedo incluso de salir a caminar por una ciudad desconocida. Con el tiempo encontró trabajo, estudió auxiliar de veterinaria y decidió que algún día protegería a los animales porque, dice, «no tienen voz para defenderse». 

Cuando recibió el diagnóstico, pensó en un tío que había vivido con VIH y falleció tras abandonar el tratamiento. Luego miró su propia historia: diabetes, hipertensión, arritmia, asma. «Lo tomé como una raya más al tigre», recuerda. Pero esa fortaleza tardó semanas en aparecer. 

Una nueva forma de tratamiento 

PASEO significa precisamente eso: caminar con alguien. 

No todos los participantes de la intervención reciben el mismo tipo de atención. Algunos fueron asignados al azar a un grupo de acompañamiento: cuentan con un tutor que acompaña sus consultas médicas, responde dudas, coordina visitas y facilita el acceso a servicios de salud mental. Otros transitan solos por el sistema de salud, como lo haría cualquier joven sin un programa detrás, para que el proyecto pueda comparar ambas experiencias. 

Isaac encontró allí algo que no esperaba: personas que entendían lo que estaba viviendo sin necesidad de explicaciones. Entre talleres y conversaciones aprendió sobre medicamentos, derechos laborales y autocuidado, pero también recuperó una rutina que parecía haberse detenido. 

La psicóloga del proyecto conversó con su madre, su padre y su hermano. No resolvió todos los conflictos, pero ayudó a transformar el miedo en diálogo. Él pudo volver a clases y concentrarse otra vez en lo que realmente le apasiona: desarrollar aplicaciones móviles. 

Onexis también descubrió que el acompañamiento puede cambiar la forma en que una persona entiende su diagnóstico. En las reuniones hacía las preguntas que antes solo buscaba en internet y encontraba respuestas compartidas por profesionales y otros jóvenes. 

«La compañía, la comprensión y el acompañamiento», resume, «fueron lo más importante». 

El peso invisible del estigma 

La discriminación no siempre aparece como un insulto. A veces se esconde en una mirada o en una puerta que parece cerrarse. 

Hace poco, Alexander necesitó una operación por cálculos en la uretra. Sintió que el trato cambiaba cuando conocían su diagnóstico. Incluso estuvo a punto de no ser intervenido porque debía comprar materiales cuyo costo escapaba a sus posibilidades. 

Onexis vivió otra escena igual de silenciosa. Había escondido sus medicamentos en un pequeño frasco sin etiqueta. Su madre lo encontró, buscó la imagen en Google y descubrió para qué servía. Esa noche prefirió no regresar a casa. Al día siguiente tuvieron una conversación que cambió su relación. 

Isaac, en cambio, sigue creyendo que sus padres quizá nunca acepten completamente su orientación sexual. Sin embargo, ya no siente que deba enfrentar esa realidad en soledad. 

Para muchos jóvenes, el mayor obstáculo no es el tratamiento. Es el miedo a ser definidos únicamente por un diagnóstico. 

Recuperar el derecho a imaginar el futuro 

Cuando se les pregunta por el mañana, ninguno habla primero del VIH. 

Alexander quiere estudiar medicina veterinaria y cuidar a quienes no pueden defenderse. Isaac está por terminar la universidad y sueña con especializarse en desarrollo de aplicaciones móviles. Onexis piensa en criar a su hija con la tranquilidad que creyó haber perdido. 

El proyecto que los reunió no eliminó sus problemas, pero les devolvió algo igual de importante: la posibilidad de seguir haciendo planes. 

Quizá ese sea el verdadero significado de PASEO. No solo mejorar la adherencia al tratamiento o aumentar el acceso a los servicios de salud, sino demostrar que un diagnóstico no debería interrumpir una historia. 

Porque, cuando alguien camina a tu lado, el futuro deja de parecer una amenaza y vuelve a convertirse en un lugar al que vale la pena llegar.